Traumas urbanos
Traumas urbanos: «urbanización» fuera de control, «urbanismo explosivo» en América Latina
Jorge Mario Jáuregui
Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona 2004
Conferencia pronunciada en el marco del debate “Traumas urbanos.La ciudad y los desastres”. CCCB, 7-11 06/2004
En el continente latinoamericano se viene manifestando en los últimos veinte años un fenómeno provocado por un proceso que tiene dos componentes principales. De un lado, la confluencia de una creciente interconexión y dependencia de los movimientos de capital (globalización financiera) y del otro, la sustitución de tecnologías, producto del paso del paradigma mecánico al electrónico, que afecta tanto al área de gestión y administración, como a los propios procesos productivos. Esto tiene sus claras consecuencias urbanas.
Contribuye tanto a la dispersión geográfica de las actividades económicas en el territorio como a una renovación y ampliación de las funciones urbanas centrales. Simultáneamente, determina un agravamiento de la exclusión social de grandes sectores de la población, con una secuela de marginalización, violencia y desestructuración de las pautas de convivencia. Su manifestación es la producción de una ciudad dividida entre el denominado sector «formal» (centro, sub-centros y barrios) y el sector «informal» (favelas y periferias sin cualidad), lo que determina un evidente trauma urbano.
Sabemos, a partir de Freud, que las cuestiones traumáticas remiten a una pérdida primordial del sujeto en
relación con el campo del otro. Esto tiene que ver con ese exceso inadmisible que es lo real y que va a insistir de diferentes formas: síntomas, angustias, miedos.
Pero hay momentos históricos precisos que se prestan más para que ese inadmisible exceso se produzca.
Por este motivo, es necesario encontrar (a través de intervenciones urbanas consistentes) algo que permita la conexión, que posibilite articular las diferencias cuando éstas se tornan intolerables. Cuando se verifica un fuerte vacío, un trauma inadmisible (la «ciudad partida», por ejemplo) surge la exigencia de restitución de conexiones, a partir de proyectos de estructuración capaces de articular lo estratégico (la cuestión urbana considerada a largo plazo) con intervenciones puntuales, específicas, capaces de responder a las mayores urgencias.
Ese encuentro con la disociación (en el caso de la ciudad partida) puede retornar como un real más disociativo y destructivo aún (es el caso del control del narcotráfico en las favelas de Río). Se trata siempre del encuentro de los humanos con esa disociación, pero, a pesar de que no haya nunca «encuentro complementario» (pues la representación no coincide con la cosa), de cualquier forma, ese real es el motor para los movimientos, para una elaboración donde no se puede dejar que la disociación sea excesiva «de más», porque puede tornarse destructiva, como vemos en el proceso en curso hoy en Río de Janeiro, en el que, pese a la implantación de programas de estructuración urbanístico-social, la disociación se dejó avanzar hasta un punto de difícil retorno.
Este proceso de integración creciente a escala mundial, caracterizado por la formación de una red global de
megaciudades interconectadas y esparcidas por toda la superficie del planeta, que determina una nueva topografía, establece también una nueva condición de centralidad. Esto vale tanto en el plano macrocontinental,
como en el plano local (en el interior de cada estructura urbana). En las dos escalas, lo que se percibe es la formación de nuevas geografías de centralidad; en un caso, una red metropolitana de nodos; en el otro, una configuración rizomática de la ciudad, rizoma entendido como un tipo de estructuración que no implica una relación sintética entre los elementos, que rehúsa la noción de orden jerárquico, que posee la cualidad del patchwork, una heterogeneidad radical.
La evidente paradoja actual en el plano de lo urbano es que, mientras la telemática maximiza el potencial de dispersión geográfica, el proceso económico de globalización impone una lógica que requiere lugares estratégicos dotados de enormes concentraciones de infraestructura, de mano de obra y de edificaciones
específicas. Pero la combinación de nuevas capacidades de organización, nuevas tecnologías y nuevos sectores de crecimiento provoca, en los países de América Latina, tanto nuevas centralidades como igualmente un enorme incremento de la marginalización. La variedad de procesos en curso está relacionadacon la «desterritorialización» de personas, prácticas económicas y culturales, y tiene su síntoma urbano en el aumento del mencionado «sector informal», esto es, en la ocupación de tierras públicas o en litigio, y de las calzadas, plazas y espacios residuales, por todo tipo de «clandestinos».
Está creada así la demanda, desde el punto de vista de las intervenciones en las grandes ciudades latinoamericanas, organismos altamente complejos donde se interceptan lógicas de la más variada índole, de
un concepto de planeamiento del desarrollo estrechamente vinculado al diseño urbano, capaz de articular, desde el propio momento de su formulación, las cuestiones físicas (urbanísticas, infraestructurales y ambientales), las sociales (culturales, económicas y existenciales), las ecológicas (en sus tres dimensiones: ecología social, mental y del medio ambiente ) y las referidas a la seguridad de los ciudadanos.
El problema de la articulación de lo formal y lo informal en América Latina
La cuestión urbana en este contexto se inscribe en el marco de la formulación de políticas públicas que deben tener como uno de sus componentes fundamentales la lucha contra la exclusión y la mejora de la calidad de vida de la población, lo que exige la consideración de la estructura urbana como un todo, esto es, el problema de las conectividades entre sus partes «formales» e «informales» como una cuestión central.
En la ciudades latinoamericanas, el porcentaje de «ciudad informal» en algunos casos es mayor que el de la
«ciudad formal» (como en Caracas, donde la relación es del 60% de ciudad informal para un 40% de ciudad
formal; o en Lima, con el 70% de área informal).
En la mayoría de ellas el porcentaje es alto, y varía entre un 30 y un 50% en los dos mayores países del
subcontinente, México y Brasil. En Buenos Aires, Santiago de Chile y Montevideo, es del orden del 5% al 10%.
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