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La ciudad como arte

Por Armando Silva

UNA NUEVA TOPOGRAFÍA

Hasta el momento, por lo general, cuando se trata el tema de la imagen de la ciudad se piensa simplemente en un sentido de inscripción visual, o sea aquello que se consigue por un medio mecánico, como sería la fotografía o el vídeo, que reproduce con alta fidelidad el objeto impreso. Otros asumen que la imagen es el recuerdo de alguna parte sobresaliente de la ciudad, e incluso una fuerte tendencia en el estudio de la ciudad asume que la imagen la constituyen los mojones o referencias de la ciudad. Todos esos puntos son ciertos parcialmente, pero a nuestro entender, no se han desarrollado de manera apropiada los postulados y los criterios para definir qué es una imagen y qué la imagen de una ciudad.

Desde nuestro enfoque queremos proponer como imagen urbana aquella impresión conseguida colectivamente en un alto nivel de segmentación imaginaria de su espacio. Entonces sobreviene la pregunta: ¿de qué manera proyecciones sociales, captadas por distintos medios cualitativos1 elaboradas sobre una base de creación mental, pueden ser materia para definir personalidades colectivas? ¿Hasta dónde y cómo algunos postulados de las ciencias sociales y del lenguaje pueden hoy ayudarnos a definir los entornos urbanos de un continente en calidad de inscripción imaginaria? Nos interesa pues, sondear un terreno doble: de un lado un objeto social colectivo, los ciudadanos de una ciudad y por extensión de un continente, y del otro, una metodología con unas categorías propias de análisis simbólico. Examinar, así, hasta dónde algunos modelos
interpretativos pueden ayudarnos a definir unos espacios marcados, proyectados y construidos por sus ciudadanos. Se trata así, de proponer una teoría estética de lo urbano de la ciudad.

En mi libro Los imaginarios urbanos2 he intentado generar una teoría social a partir de lo que he denominado los «croquis urbanos»: puntos suspensivos que siguen líneas evocativas en la creación social de territorios imaginarios. Opongo entonces el mapa, la línea continua que marca y resalta las fronteras, al croquis, la línea punteada apenas sugerente, para sostener que el nuevo antropólogo urbano tiene por objeto el levantamiento permanente de croquis de su ciudad, dado el hecho evidente de que éstos aparecen siempre en permanente construcción. Así el territorio urbano es croquis y no mapa. El «aparecer», sentimiento fantasmal del fugaz acontecimiento urbano, nos es útil para edificar la noción de teatralidad y de puesta en escena del hecho ciudadano.

En la ciudad, entonces, ocurren hechos; los construimos como bien puede deducirse de una teoría lógica del conocer. Pera tales sucesos son especialmente, de naturaleza imaginaria. La construcción de la imagen de identidad de un sujeto pasa por la vía de proyección imaginaria. La creación colectiva obedece a mecanismos similares. Soy en mí en la medida que estoy en capacidad de pensarme a mí mismo coma otro. No es posible, claramente ya se ha dicho, el soliloquio si antes no me he fijado el otro en mí para que funcione como base de toda matriz imaginaria. Y entonces no sólo los signos tienen tiempo: el pasado imaginario, el presente real y el futuro simbólico, sino que los signos corresponden a categorías pronominales. Yo, instancia real del sujeto; Tu, emplazamiento imaginario; y El, construcción simbólica.

De esta suerte los psicoanalistas nos han ayudado a comprender que los pronombres personales que nos explicitan los gramáticos y lingüistas tienen que ser estos y no otros, actúan como imperativos existenciales: nadie puede construir un ‘punto de vista narrativo’ que no sea en una de las tres personas marcadas por los pronombres: que están en el lugar del nombre. O sea que la proyección del punto de vista proviene de una categoría más profunda en la estructuración del ‘yo’ como identidad especular. Y si decimos que el ‘yo’ es presente, el ‘tú’ pasado y ‘él’ futuro, entonces instauramos un modo temporal en una acción pronominal.

LAS METÁFORAS URBANAS:

Según lo anterior la creación social de una vida llevada colectivamente, con sentimiento de lo mutuo, como corresponde a los ciudadanos en cuanto personalidad global, pasa por el ponerse en forma narrativa. La ciudad imaginada precede la real, la impulsa en su construcción. Y entonces pueden proponerse algunos ejes de sentido que he ubicado en calidad de metáforas de ciudad, como fundamento de los croquis colectivos. Así crece la ciudad, así se construye la forma ciudadana, que como tal, como forma, le debe al arte su inspiración. Propongo, dentro de otros ejes, que extiendo en el libro en mención, cuatro metáforas urbanas en cuyo ejercicio se nos permite comprender la creación de un ‘sentido urbano’ de naturaleza estética: el adentro/afuera; el antes y después; los rizomas urbanos y el corto circuito de miradas.

ADENTRO, SALGO

Espacio postmoderno que rompe el eje de límite de lo público frente a lo privado. Si bien lo apreciamos en los nuevos ascensores transparentes de ciertas edificaciones ‘post’, quien los usa, expuesto a la mirada pública, no puede verdaderamente sentirse adentro de un lugar. Entramos al ascensor pero seguimos fuera, expuestos al suceso colectivo público. Asistir al museo Pompidou, hecho al revés para marcar que siempre se está haciendo, que no está terminado, que se rehace según el día o la exposición. Disfrutar en un bar de São Paulo, donde ya hay casas abiertas como bares para clientes anónimos, uno no puede afirmar que esté en práctica de una acción privada y estable, sino que el mundo se nos corre. El afuera vive adentro.

MEMORIA URBANA

Nos coloca en la dimensión del tiempo. El meollo narrativo de la ‘memoria urbana’. Bogotá nace un día específico: el 9 de abril de 1948, cuando asesinan al gran líder popular Jorge E. Gaitán. Luego de 45 años todos, jóvenes y viejos recuerdan esta fecha. La recuerdan aún los que entonces no habían nacido. Bogotá nace de un mito: si Gaitán no hubiese muerto no viviríamos la angustia diaria de la violencia, no estaríamos atravesados por el imaginario de violencia política que nos carcome día a día a los colombianos. La memoria urbana se hace de fisuras que marcan el antes y el después. Cualquier acontecimiento fuerte, el terremoto de la Ciudad de México o la caída de Collor de Melo en Brasil y de Carlos Andrés Pérez en Venezuela nos precipitan a la fractura ciudadana. La memoria individual y social se hace de referencias. Los mojones de
que hablase K. Linch para identificar la imagen de la ciudad deben trasladarse a campo imaginario: aquello que cuento porque me sirve de referencia de un después de que sucedió el hecho. Así se hace la literatura urbana que tanto nos duele en este continente para poder imaginar un mejor futuro. Al final el futuro está hecho de pasado. Irrebatible opción.



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