La rehabilitación del centro histórico de La Habana
La rehabilitación del centro histórico de La Habana: una obra esencialmente humana
Eusebio Leal Spengler
Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona 2004 Conferencia pronunciada en el marco del debate “Traumas urbanos. La ciudad y los desastres”. CCCB, 7-11 julio 2004
Notas introductorias
Narrar la historia de lo acontecido en el Centro Histórico de La Habana, en lo referente a su rehabilitación, es hacer un viaje en la memoria, imprescindible para la comprensión de nuestra labor actual.
El camino recorrido ha sido fértil y profuso en cuanto a la interacción con diferentes experiencias de otras latitudes, pero lo hecho es, sobre todo, el resultado de lo que va exigiendo la cotidianeidad, la búsqueda de soluciones y alternativas propias, novedosas, en unos derroteros que implican aprender haciendo, una práctica que nos aleja de la tentadora e inoperante «torre de marfil», refugio sólo de teorías.
Finalizada la década de los setenta, sensibilizados con el patrimonio de la ciudad, comenzamos a realizar una obra de promoción para crear entre la propia ciudadanía el sentimiento de apropiación de aquellos valores difíciles ya de distinguir en un contexto de degradación generalizada. La mayoría de los inmuebles habían sido sometidos a un largo y constante proceso de transformación tras el éxodo que, a mediados del siglo XIX, protagonizaron las clases pudientes hacia otras zonas que más tarde serían el ensanche natural de la ciudad. Se organizaron conferencias y recorridos, se escribieron artículos en la prensa plana, se hacía una fiesta de la imaginación ante un hallazgo arqueológico.
Con la declaración del Centro Histórico como Monumento Nacional, en 1978, el inicio de los planes de restauración en 1981, y un año después la inclusión en la lista del Patrimonio Mundial, se inició una etapa en que, no ajenos a una tendencia internacional, veíamos el patrimonio cultural y lo relativo a su salvaguarda bajo un prisma de mecenazgo, es decir, la necesidad de recuperar los valores heredados en su dimensión sociocultural. Los grandes monumentos eran restaurados y destinados principalmente a museos y otros servicios de la cultura, como actividad que los ennoblecía y devolvía su prestigio, perdido a lo largo de décadas de abandono y marginalización. Más adelante fuimos incorporando la temática económica en la salvaguarda patrimonial, donde el territorio adquiere la dimensión de activo económico capaz de autosustentar su propia recuperación.
Todo ello ha sido posible a partir de una premisa fundamental: somos nosotros, los cubanos, los responsables de la salvaguarda de nuestro patrimonio, para lo cual hemos creado uno de los mecanismos de gestión de la rehabilitación más novedoso, que ha sido reconocido por la UNESCO y el PNUD como una vía para responder alentadoramente a las expectativas de desarrollo humano, directamente vinculado a la protección de los bienes culturales, que plantean los organismos internacionales.
Antecedentes
La urgencia de proteger edificaciones y monumentos históricos, de profundizar y divulgar la cultura y la nacionalidad cubanas, fueron demandas del núcleo de intelectuales de vanguardia de la Cuba de los años treinta del siglo XX. Muchas batallas contra la desidia oficial se libraron de manera puntual. Una de las mayores victorias de aquel movimiento liderado por el doctor Emilio Roig de Leuschenring sería, en 1938, la fundación de la Oficina del Historiador, institución que representaría a partir de entonces la cultura habanera e impulsaría la nacional y americana en su sentido amplio, o sea, continental.
La comprensión actual de los valores del Centro Histórico y la necesidad de su conservación se deben también, en gran medida, a la existencia de esta Oficina, de la cual nacieron los pilares de la protección al patrimonio en su íntima relación con el concepto de identidad nacional. Tras la desaparición del historiador Roig, la obra de la institución continuó a partir del compromiso de su ejemplo personal.
Reconocida plenamente por el Estado cubano, la Oficina alcanzó una nueva dimensión en la mañana del 11 de diciembre de 1967, cuando se me encomendó la misión de coordinar, al frente de ella, las labores de restauración del antiguo Palacio de los Capitanes Generales y casa municipal, en la Plaza de Armas. En aquel momento, lejos estaba de suponer que asistía a un acto trascendental de mi vida. La ciudad verdadera se levantaba ante mí como un imponente conjunto histórico.
A partir de entonces, siguiendo la huella trazada por los anteriores conservadores, arquitectos, historiadores, políticos de lúcida postura ante el futuro, compañeros nuestros en la labor creativa, iniciamos un trabajo compartido por otras instituciones y organismos del Estado y de la sociedad cubana. En aquellos años fue propuesto el expediente para declarar el Centro Histórico de la capital Monumento Nacional, distinción otorgada en 1978.
En 1981, con la decisión de asignar importantes presupuestos a la restauración del Centro Histórico, la Oficina es designada para conducir la rehabilitación con una perspectiva urbana. La práctica de concepciones científicamente fundamentadas quedó avalada por el reconocimiento que un año después hizo la UNESCO del Centro Histórico de La Habana y a su sistema de fortificaciones como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Esta conquista abrió nuevos horizontes al programa de Revitalización Integral de La Habana Vieja, que es hoy un punto de privilegio en la concertación de intereses, responsabilidades y en las relaciones culturales que sostiene Cuba con el mundo.
Aunque en un principio nuestra formación como intelectuales puros nos inclinaba a ocuparnos preferentemente de los museos, monumentos y sitios arqueológicos desde los gabinetes o laboratorios, la vida nos llevó a considerar que en nuestro espacio urbano, poseedor de un vasto legado patrimonial, era imposible actuar en los campos de la preservación, si ello no conllevaba una vocación de desarrollo social y comunitario. Entonces, a la ardua tarea de conservar, restaurar y exponer, agregamos la participación ciudadana, sin cuya sensibilidad no hubiera sido posible proclamar los valores culturales de La Habana como la coraza que nos cubre, la profecía para materializar la gran utopía del desarrollo integral.
Así se sucedieron los llamados planes quinquenales de restauración que, a partir de una estrategia de recuperación de los espacios públicos, iban cambiando la imagen de nuestras principales plazas y marcando las líneas de lo que sería la rehabilitación patrimonial en la ciudad antigua.
Las acciones se concentraron en las principales plazas (de la Catedral y de Armas) y su entorno, así como en los ejes de interconexión Oficios, Mercaderes, Tacón y el principio de Obispo. Se emprendió, también, la restauración del primer claustro e iglesia del antiguo Convento de Santa Clara, inmueble de incalculable valor que albergaría el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología, creado en 1982 como un proyecto PNUD/UNESCO para el estudio y protección del patrimonio cultural cubano. El antiguo Colegio de San Francisco de Sales, y las Casas de Martín Aróstegui, de la familia Franchi Alfaro, de Beatriz Pérez Borroto y de Lombillo en la Plaza Vieja, se sumaban a los ya restaurados Palacios del Marqués de Aguas Claras, Conde de Casa Bayona y Conde de Jaruco. La recuperación de las fortificaciones de los Tres Reyes del Morro y de San Carlos de la Cabaña constituyó una obra titánica que regaló a la ciudad un parque monumental, rico en historia y tradiciones, sede de multitudinarios eventos culturales.
A inicios de los años noventa sobrevino la caída de los países del este europeo, y, con ello, la terrible crisis que situó al país en una de las peores etapas que haya vivido en lo socioeconómico en las últimas décadas.
Comprendimos que más allá de nuestro deseo de continuar el camino comenzado, nos hallábamos obligados a limitarnos al campo de las pesquisas arqueológicas y de archivo, y a otras especialidades que no requerían el empleo de recursos deficitarios y costosos. Nos atuvimos entonces a esa estrategia que serviría mucho de preparación, mientras tratábamos de hallar una fórmula para reiniciar, en el más breve tiempo posible, nuestro paciente y callado menester. Nada se detuvo, pues con cautela y eficiencia proseguimos al ritmo que nos permitían las circunstancias.
Un proyecto integral y autofinanciado
En aquellos momentos difíciles para la nación, en los primeros meses de 1993, el presidente cubano Fidel Castro mostró vivo interés por hallar una fórmula que permitiese preservar el Centro Histórico de La Habana y dar continuidad a la obra iniciada la década anterior. Durante días y semanas revisó y anotó el proyecto de un decreto ley para ser promulgado, solicitando de nosotros toda la información necesaria y nuestros propios criterios al respecto. Así, en octubre de aquel año el proyecto quedó listo para su presentación al Consejo de Estado. La reunión se efectuó el jueves 21 de octubre por la noche, y tuve el honor de ser ponente. Tras haberse escuchado el criterio de los asistentes, fue promulgado el Decreto Ley 143, que declaró el Centro Histórico «Zona priorizada para la Conservación». De esa forma, la Oficina del Historiador obtuvo la autoridad que le permite ejecutar una gestión autofinanciada e integral, y propicia la agilidad en la obra rehabilitadora.
Inmediatamente emprendimos a la tarea de adecuar a los nuevos tiempos la estructura y las bases fundacionales de la Oficina. Cobraron vida, entonces, las nuevas funciones de la institución, que posibilitaron desarrollar un proyecto integral y autofinanciado de rehabilitación del patrimonio.
Nació el Plan Maestro, que como su nombre indica, ha conducido los estudios del Centro Histórico desde el punto de vista urbanístico, sociológico y económico, pronunciándose técnicamente acerca del desarrollo integral del territorio y otras especificidades dentro en la compleja relación entre monumentos y ciudadanía. Sus reflexiones y cúmulo de experiencias incorporaron también los antecedentes que suponían las ordenanzas dictadas por Alonso de Cáceres en 1574, cuando, a solicitud del cabildo habanero, la Real Audiencia de Santo Domingo pronunció un conjunto de normas que de una u otra forma han estado vigentes por más de cuatro siglos. Ellas vivifican el legado municipalista y caracterizan nuestra proyección actual.
Una nueva legislación gubernamental, en noviembre de 1995, el Acuerdo 2951, proclamó el Centro Histórico «Zona de alta significación para el turismo». Se ampliaron entonces las facultades de la Oficina en lo concerniente a la administración de la vivienda, y se creó una inmobiliaria para arrendar locales y contribuir a la nueva gestión del patrimonio.
El modelo de gestión
A la proyección sociocultural que venía desarrollando la Oficina, se sumó, entonces, una visión económica que posibilitaría acelerar un proceso que demandaba agilidad por la índole y gravedad de los problemas acumulados. Las nuevas circunstancias locales, nacionales y mundiales hacían necesaria una eficiencia mayor en el aprovechamiento de los recursos, y una mejor organización con la intención de multiplicar y provocar sinergias que garantizaran la sostenibilidad de una obra que no sólo comprende la recuperación de los edificios, sino que también implica y va dirigida, principalmente, a los habitantes de La Habana Vieja y de toda la ciudad.
De manera que la evolución natural de los conceptos, la variación del escenario nacional e internacional, los avances en el campo de las ideas y de la economía, la revolución tecnológica y el proceso de globalización creciente modificaron los enfoques de la acción. Usamos mecanismos novedosos dentro del contexto cubano, que tuvieron en cuenta elementos de la economía moderna, conducidos por los principios del desarrollo social y cultural sostenible.
Fueron trazadas las premisas inaplazables en la aplicación de nuestro nuevo modelo de gestión: voluntad política al más alto nivel que propicia la rehabilitación, reconocimiento de una autoridad única institucional para conducir el proceso de rehabilitación, existencia de un fuero legal especial que ampara jurídicamente la acción de la institución, potestad para cobrar impuestos como contribución para la rehabilitación, capacidad para planificar el territorio estratégica e integralmente, descentralización de los recursos financieros generados en el Centro Histórico, y disposición de un fondo inmobiliario propio.
Hoy, la Oficina del Historiador cuenta con una estructura que garantiza la realización del ciclo completo de la recuperación patrimonial. Posee un conjunto de direcciones especializadas, departamentos y empresas capaces de conducir el proceso desde la planificación integral estratégica en su sentido ambientalista más amplio, que incluye economía, sociedad, territorio y hábitat, hasta la recuperación física de inmuebles y espacios urbanos, comprendida la organización y conducción del proceso inversionista que lo garantiza. Asimismo, se cuenta con la capacidad para desarrollar un fuerte programa sociocultural y económico, en virtud de fomentar el desarrollo humano en su concepto más amplio. Finalmente, la estructura actual garantiza también la administración del sector turístico, inmobiliario y terciario para la captación de los recursos financieros que hagan posible la autofinanciación de la obra.
Así, fue creada la compañía Habaguanex, que reivindicó el nombre del mítico cacique protagonista del encuentro con los conquistadores españoles, según consta en las cartas de relación, y en cuyo nombre parece estar la raíz etimológica del nombre Habana. A dicha compañía le ha correspondido crear una creciente estructura de hoteles, restaurantes, mercados y otros servicios que tienen por objetivo colectar fondos para emplearlos de forma directa en el proceso de restauración. Gracias a ello, han cobrado nueva vida antiguos hoteles como Florida, Ambos Mundos, Santa Isabel, Telégrafo, así como un conjunto de pequeños hostales en mansiones y palacios que han recobrado su esplendor antaño perdido.
Con los ingresos provenientes de la explotación del turismo, de los recursos terciarios e inmobiliarios, del cobro de servicios culturales y de los impuestos a empresas productivas enclavadas en el territorio y a trabajadores por cuenta propia, se han fomentado significativos niveles de inversión en el área, sobre todo, en la recuperación de edificios de valor patrimonial destinados a las propias instalaciones turísticas, programas de viviendas y otras obras sociales.
También se rehabilitan edificaciones para renta de apartamentos de alto standing y oficinas. En este tipo de inversiones interviene la compañía Inmobiliaria Fénix de la Oficina del Historiador, cumpliendo el doble propósito de rescatar monumentos arquitectónicos significativos que, a su vez, posibiliten la sostenibilidad del proceso rehabilitador, según la estrategia general. En este caso, son paradigmas los edificios Emilio Bacardí, la antigua Lonja del Comercio y el Gómez Vila, en la Plaza Vieja.
El nuevo modelo de gestión de recursos ha propiciado que, en las últimas dos décadas, el conjunto de bienes y servicios del Centro Histórico produjera como ganancia 150 millones de dólares invertidos en el propio territorio y en obras realizadas en otras partes de la ciudad. De esa forma, el 45 % de esos recursos se destina a proyectos productivos, el 35 % a programas sociales y el resto a colaborar con otros sitios de La Habana y la nación, con lo cual reafirmamos que sin Patria no hay Centro Histórico.
El crecimiento económico ha sido progresivo, y cada año se prepara el presupuesto del siguiente, teniendo en cuenta la producción del anterior. De estos planes de inversión participa además el Gobierno municipal, donde se analizan, de acuerdo con las estrategias de desarrollo, las necesidades y urgencias para preparar un plan que equilibre los destinos de los recursos.
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