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Espacio público vs privatización urbana

A continuación te presentamos un ensayo documentado sobre la batalla entre el espacio público vs el espacio cerrado en la Ciudad de México:


"Crisis del espacio publico y nueva segregación urbana"


En las ultimas décadas, en muchas megaciudades del mundo, se ha hecho evidente la emergencia de una desestructuración del espacio publico que está transformando las condiciones de posibilidad de la convivencia y de la integración urbana. Las primeras reflexiones entorno al deterioro de los espacios públicos urbano se remontan a los años sesenta del siglo XX, con los trabajos ya clásicos de Jane Jacobs y Richard Sennet. (Jacobs 1961; Sennet 1977). En estos como en otros autores aparece la idea de una perdida, de una “desnaturalización” de algo que algún tiempo vio mejores momentos y del que ahora sólo vemos la decadencia (Sassen 1991; Joseph 1998; Signorelli 2001). No faltan quienes prefieren hablar a secas de “fin” del espacio publico (Sorkin 1992).

Los caracteres más relevantes del espacio publico de la ciudad moderna – la inclusión y el libre acceso, la coexistencia de funciones diversas, la aceptación de lo extraño y lo nuevo en un marco de reglas “publicas” en cuanto conocidas por todos - tienden a desaparecer o se tornan menos obvios. Las megaciudades se convierte cada vez más en conjuntos desarticulados de espacios separados, segregados, provistos de  dispositivos de cierre a menudo agresivos, donde el transeúnte no puede pasar sin previa exhibición de credenciales o después de pagar el boleto de ingreso. Son espacios a menudo mono funcionales, relativamente homogéneos en cuanto a su función, y sobre todo seguros, en la medida en que en ellos quedan eliminados muchos de los riesgos típicos de las plazas y de las calles abiertas. Estas ultimas se convierten cada vez más en una vía de transito exclusivamente automotriz. Así, la experiencia de la ciudad tiende a limitarse al desplazamiento en automóvil o mediante el transporte publico, entre diferentes lugares cerrados.

Por decirlo de una forma sintética y eficaz, siguiendo a Manuel Castells, las megaciudades se convierten en “constelaciones discontinuas de fragmentos espaciales, piezas funcionales y segmentos sociales” (Castells 1999: 438). En estas nuevas condiciones, la misma idea de ciudad se vuelve obsoleta, si por ciudad entendemos la síntesis de una urbs, en cuanto forma del asentamiento, y de una cívitas, en cuanto comunidad provista de un gobierno propio (Choay 2000).

Hoy esta perfecta superposición de urbs y civitas es inexistente en la mayoría de las ciudades del mundo, en donde al contrario las lógicas del asentamiento en el territorio y las dimensiones de las entidades de gobierno ya no coinciden, sino más bien se entremezclan, se superponen, casi se estorban recíprocamente.

Francoise Choay propone al respecto abandonar el uso del termino “ciudad”, y utilizar el más abstracto termino de “urbano”,como aglomeración de espacios fragmentados y recíprocamente segregados.  Plantear el problema en términos de “perdida” del espacio publico corre el riesgo de promover una visión demasiado unilateral y pesimista,
no dejando ver por una parte lo que todavía queda del espacio publico moderno en muchas ciudades”, y por la otra impidiendo percatarse de los indicios de una recomposición de espacios públicos en nuevos lugares.

Sin duda hay que tomar cum grano salis a la idea de perdida, pero creo al mismo tiempo que no se puede negar la existencia de importantes procesos de reducción y privatización de lo publico, que se insertan en los cambios sociales profundos que originan la sociedad actual. Al hablar de perdida o de “crisis” del espacio publico nos
referimos a la crisis de la ciudad moderna como forma histórica ligada a un tipo especifico de sociedad, la sociedad industrial del siglo XX. Una sociedad que creía en el “progreso”, en la eliminación gradual de la pobreza, en la expansión indefinida del sistema económico, en la inclusión de las masas bajo el paraguas protector del estado del bienestar. En suma, se trata de una sociedad que ya no existe.

En la sociedad posindustrial en la que vivimos, la pobreza creciente se considera como un elemento inevitable del paisaje social, el estado del bienestar cede le paso a la iniciativa privada, el sistema económico –aún cuando sigue expandiéndose- deja ver su fragilidad y su dependencia del sistema financiero, cuyas “lógicas” resultan imprevisibles para los mismos expertos; franjas importantes de población quedan excluidas del trabajo y del ejercicio de los derechos más elementales, mientras se propagan nuevas formas de explotación y de esclavismo contra los seres más indefensos. Si la sociedad postindustrial es profundamente diferente con respecto a la anterior, ¿porqué el espacio urbano debería ser como antes, en la época de la sociedad industrial moderna? No quiero sostener que el espacio urbano refleje puntualmente los cambios sociales, creo que responde más bien a su propia lógica, la que lleva hoy día a hacer de la ciudad global una “ciudad dividida” (MollenKopf – Castells 1991).

Lo que antes era “publico” ahora ya no lo es en la misma medida: cada vez más se presenta como algo que es disponible no en la medida en que se tenga derecho a él, sino en la medida en que se le pueda comprar y consumir. Baste recordar que hace poco más de diez años en la Ciudad de México los teléfonos públicos constituían un servicio totalmente gratuito, no era necesario pagar para usarlos; luego, se volvieron utilizables solo a condición de pagar la llamada; y ahora, que casi todos los teléfonos funcionan mediante tarjeta, su uso presupone un poder adquisitivo de por lo menos treinta pesos (que es lo que cuesta la tarjeta más barata). El libre acceso a los teléfonos públicos se ha reducido, ya que su originario carácter publico ha sido sometido a criterios de rentabilidad económica y de privatización de los usos, junto con la paralela proliferación de los teléfonos celulares privados, a los cuales muchos – pero definitivamente no todos - pueden acceder. Considero que el ejemplo de los teléfonos es representativo de un proceso más general  de privatización de lo publico, que hace que el acceso a la ciudad, la capacidad de usarla y de disfrutarla, sea posible cada vez más a condición de disponer del suficiente poder adquisitivo para consumir la ciudad, y dentro de espacios que se definen por ser excluyentes y cerrados.

La hipótesis de este ensayo es que la crisis del espacio publico y la creciente segregación socio-espacial remiten por una parte una crisis de integración, resultado de las condiciones de creciente desigualdad social y de consecuente exclusión de sectores cada vez más amplios de población (Paugam 1996) y por la otra una crisis de identificación, entendida como la imposibilidad de abarcar la ciudad e identificarse con ella como conjunto, de allí la necesidad de recortar pedazos dentro de los cuales reconstruir los vínculos de pertenencia y elaborar el sentido de la experiencia urbana. Por lo tanto la crisis del espacio publico no es solo una crisis de la forma urbis, sino que es al mismo tiempo crisis de la urbanidad como arte de vivir juntos mediada por la ciudad, es decir como sociabilidad urbana (Giglia 2001).


Al hablar de segregación socioespacial nos referimos no sólo a una más estricta delimitación funcional de los espacios, sino sobre todo a la “autosegregación”. Las actividades propias de la residencia, del trabajo, del ocio, del deporte, o del simple transito se realizan cada día más en otros tantos lugares separados, cerrados, poco penetrables para los que no puedan justificar su presencia allí, lo cual les confiere un carácter de exclusividad y de mayor seguridad, que los hace particularmente deseables.

En este escenario de desigualdad y de fragmentación social y espacial, el tema de la inseguridad se torna casi omnipresente y funciona como un paraguas para promover, reforzar y volver cada vez más sofisticados los mecanismos de la segregación (Wacquant 1999).  Sin embargo, la búsqueda de la seguridad no es el único factor
que permite entender el sentido de los espacios segregados y los hace proliferar. La autosegregación tiene también la función y el sentido de marcar las diferencias sociales, ya que el uso exclusivo de ciertos espacios es lo que permite distinguirse del otro, en un proceso deconstrucción y fijación de la propia identidad y al mismo tiempo de defensa de intereses y estilos de vida específicos.

Paradójicamente, las megaciudades no son el lugar del anonimato, ya que en as se multiplican los lugares como espacios donde encontrarse con sus pares – entre “gente como uno” - y donde verificar la propia pertenencia social en el espejo del otro. El hecho de que estos espacios se encuentren a menudo separados los unos de los otros o segregados y rodeados por espacios calificables como “tierra de nadie”, no les quita su carácter de “lugares”, en el sentido de espacios dotados de un sentido colectivo (Augé 1992), pero sí los coloca en una nueva geografía de lo urbano, en una diferente experiencia de la ciudad. En la ciudad global, “se multiplican los lugares como resultado de la multiplicación de los  procesos de formación de identidad y como resultado de las acciones dirigidas a crear las potencialidades espaciales – virtualidades espaciales las definiría Gropius – para la creación de identidad” (Amendola 2000, 59). Es siempre el mismo autor quien sostiene que “la segmentación de los espacios urbanos en islas culturalmente y socialmente homogéneas es el resultado de las nuevas y difusas estrategias de diferenciación  social mediante el espacio. Las áreas residenciales fortificadas, los Common Interest Districts, las practicas de privatización  de los espacios públicos y las más extremas – cercanas a la limpieza étnica - de la autosegregación fortificada son sólo los efectos finales, tal vez no deseados, de la búsqueda de la diferenciación social mediante el uso del espacio urbano” (ivi, 64).

Hace falta recordar que la autosegregación no es un proceso exclusivamente propio de las clases acomodadas. Al contrario, abarca todos los sectores sociales, aunque con diversas modalidades en cuanto a la formas y a los recursos empleados para hacer funcionar los dispositivos de segregación. Sin embargo, en las paginas que siguen abordaremos sólo una de las facetas de la autosegregación, aquella que atañe a los sectores medios y medio altos que habitan en lo que hemos propuesto llamar “espacios residenciales cerrados” (Giglia 2001).

La casuística a escala mundial de los espacios residenciales cerrados abarca todas las principales áreas urbanizadas del planeta, según tipologías constructivas diferentes que sin embargo comparten los requisitos funcionales que hacen posible el cierre y la separación del exterior (Aguayo 2001), generando una privatización o una reducción del espacio publico, evidente en el hecho de que el libre transito – el “ir y venir” que desde Simmel (1977) hasta nuestros días define el espacio publico - es imposible en estos lugares, y sin embargo es un hecho echo que se tiende a pasar por alto, lo cual demuestra hasta que punto estos espacios y sus barreras se han vuelto “naturales” en el paisaje y en la experiencia urbana


Los espacios residenciales cerrados en la Ciudad de México
 
Los espacio residenciales cerrados son una presencia consolidada en el paisaje de muchas metrópolis americanas, basta pensar en Los Angeles (Davis 1992) o en los “cottages” canadienses (Halseth 1998). En el caso de la Ciudad de México tienen antecedentes históricos famosos toda vez que reflejan una actitud de separación y protección del entorno urbano que es típica de las clases pudientes en la historia de Ciudad, es suficiente recordar la “casa-fortaleza” de la época de la colonia (Ayala Alonso 1996), que pretendía defender la población de origen española de los indios circundantes.

En la actualidad, con el termino de “espacios residenciales cerrados” (Giglia 2001), hacemos referencia a unidades habitacionales, condominios horizontales, calles y fraccionamientos de viviendas individuales, de sectores medio y altos, cuya característica distintiva es el hecho de estar separados del entorno por uno o más dispositivos de cierre (plumas, bardas, rejas, casetas con policías, muros, rejas electrificadas y sistemas de alarma). En los últimos años su presencia ha crecido mucho, sobre todo en la forma de condóminos horizontales edificados por constructoras privadas y en la forma de cierre de calles por parte de asociaciones de vecinos.  Como ya mencionamos en un trabajo anterior (Giglia 2001) consideramos que los espacios residenciales cerrados son el resultado de procesos socio-espaciales específicos, a partir de los cuales es posible definirlos.

En particular, y en relación con lo dicho anteriormente a propósito de la segregación urbana en general, tres estrategias socio espaciales operan en su creación y reproducción. Una estrategia de búsqueda de la seguridad, una estrategia de búsqueda de la distinción con respecto al afuera y una estrategia de búsqueda de la homogeneidad sociocultural hacia adentro.

Nuestra hipótesis es que la copresencia de estas tres estrategias hace de los espacios residenciales cerrados entidades socio-espaciales especificas, en donde se establecen una sociabilidad y una visión de la ciudad y de la experiencia urbana con características propias. Como en su constitución operan las mismas estrategias socio-espaciales, consideramos que es posible compararlos entre ellos pese a sus diferencias morfológicas. Los habitantes de los conjuntos cerrados buscan estar seguros, distinguirse, y vivir rodeados de sus semejantes, para reflejarse en su forma de vida - y así no tener que cuestionar la propia. Sin embargo, la efectividad de estas estrategias no debe de darse por sentada, al contrario, se trata desde nuestro punto de vista de procesos inciertos, sujetos a dificultades y contradicciones.



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